miércoles, 4 de noviembre de 2009

Vaya que hemos perdido la cabeza, mira que sustituir el sol por un foco incrustado en el techo, la diversión por un juego de consola, hemos reducido la libertad que nos da el exterior a unas imágenes en una pantalla, el valor a el dinero, el amor a dos minutos de desayudo juntos y después cada quien para su lado, los saludos pasaron a segundo término, los te amos a un par de palabras vacías, el otro a ese ser parecido a mí que aunque nunca le he hablado ya me cae mal.
El individualismo nos hace encerrarnos en un pequeño mundo de cuatro paredes, donde la puerta para el otro está completamente sellada, y si alguna vez llegamos a abrirla es con la intención de cerrársela a alguien en la nariz y nos quejamos de la soledad que construimos, que el mundo se acabe, no importa que afuera esté ardiendo en llamas, no importa que afuera alguien llore, alguien muera de hambre, no importa mientras podamos subir a todo volumen la música para no escucharlos.
Y nos automatamos poco a poco, mientras convertimos nuestro cuerpo en una fábrica de humo y de paso matamos al otro o más divertido hacemos que se mate, y que más da si de cualquier forma hemos de morir.
Yo quiero morir con un cielo azul, que se llene de nubes porque estemos en época, que el sol me ilumine las pupilas, yo quiero morir frente un paisaje verde que yo pueda toca y oler, quiero morir sola pero no abandonada.
Y mañana, dime que haremos mañana, cuando la fantasía nos caiga encima, cuando nuestro techo de piedra caiga sobre nuestras cabezas y recordemos que lo que nos rodea está para permitirnos vivir, pero que para eso no necesitamos matarlo…

No hay comentarios:

Publicar un comentario